Exposición “Éxtasis”. Galeria T20. Murcia

La galería T 20 de Murcia presentará a partir del 30 de mayo mi exposición  “Éxtasis”, un conjunto de instalaciones, esculturas e impresiones gráficas que abarcan 25 años de producción unidas por mi interés en la magia, el mundo onírico y la complejidad de las relaciones que mueven nuestra realidad y nuestro devenir histórico  como las  tensiones entre el mundo natural y la especie humana y las confrontaciones transculturales, que abarcan las relaciones de poder expresadas en la política, la economía o la religión.

La pieza “Éxtasis” de 1999, la más antigua de la muestra  hace alusión a los elementos oníricos y al éxtasis sicodélico. La obra remite a la representación del “Doble yo” de las culturas ancestrales americanas que señala el desdoblamiento síquico de los rituales alucinatorios ceremoniales. 

“Éxtasis” es  alucinación, visión reveladora, experiencia espiritual de las culturas ancestrales, fuente de sabiduría y conexión con las entidades fundamentales de la naturaleza.

En la obra se incluyen ya de manera premonitoria las imágenes de animales y piezas precolombinas que aparecerán abiertamente en trabajos posteriores. Así mismo la pieza es un antecedente de “Éxtasis” de 2023 en su conformación de confluencias simbólicas, de imágenes en un sentido, surreal y retador como dispositivo de reflexión. 

El conjunto escultórico ejecutado en bronce y coloreado en azul índigo, color inventado por  los mayas: El azul maya o azul ultramarino fue el color imperial y sacerdotal asociado a los rituales y las experiencias sicotrópicas.

En la obra se representa la cabeza de una niña durmiente o extática (mi hija Mariana), de cuya coronilla surgen como materializaciones mágicas las imágenes de un zorro, un venado, dos figuras precolombinas de la cultura Tumaco con su característica deformación craneana y una doble representación de la cabeza infantil en alusión al desdoblamiento y la conciencia alterada.

Las tres piezas de “Éxtasis” 2023, dos bronces y una impresión gráfica sobre aluminio, se refieren a la imposición colonial religiosa, un elemento de alienación persistente en las sociedades periféricas sometidas y expoliadas bajo la solapada herramienta de dominación devocional. Las víctimas del adoctrinamiento abusivo son poseídas por el éxtasis de una fe ajena . Las arquitecturas religiosas que se imponen a las cabezas de las figuras étnicas son representaciones de esta circunstancia disruptiva. 

En las tres piezas de “La persistencia del deseo”, ensamblajes de elementos tridimensionales  impresos en 3D que representan animales salvajes e impresiones graficas de arquitecturas icónicas universales, el “Éxtasis” es  pulsión primigenia, primitiva, animal, salvaje, natural, redentora, que se contrapone a la pulsión humana, masculina, extática, arrogante, constructiva, eréctil, distópica. 

Finalmente “Uróboros” es la pieza central de la muestra.

El dragón que come su cola es representación del eterno retorno, de la circularidad del devenir de los ciclos vitales, de la reiteración del pensamiento que reincide en temáticas e imágenes en el transcurso vital de la creación artística. 

Éxtasis creativo.

¿Cuánto pesa la historia de la cultura?

Nadín camina por el filo de un acantilado. Es una pared alta y vertical, tal vez Dover pero podría también ser el Cabo de la Vela. Anda por un hilo que divide la tierra del vacío, el confort del vértigo. Unos metros más adentro estaría en la seguridad de lo ya transitado, lejos del peligro de la caída pero busca un borde desde el que puede mirar el abismo.

Podría ser un abismo metafórico, un recurso literario manido pero es la realidad de su práctica artística en tiempos de fractura epocal, de abismos climáticos y éticos, de movimientos de tierra políticos y morales, de zozobra y duda. Tal vez todos paseemos con él al borde del abismo quizás muchos ni lo vean. Al cine y la televisión han vuelto las series y películas postapocalípticas, todo son síntomas de unos miedos que regresan del tiempo de nuestros padres para colocarnos ante una realidad inasible y desesperante, como es la realidad pos pandémica. Somos los ciudadanos del tiempo de todo mal y estamos pegados a un suelo que se mueve hacia el desastre a través de la decepción, porque el estado de ánimo global se ha fraguado ante la idea de que hemos hecho todo mal. Nadín responde a esta extraña realidad, a estos miedos y dudas con un supremo amor a lo que nos ha situado aquí leído en otra clave, un insobornable amor a la historia de la cultura. No es un refugio, es un arma, una estrategia defensiva y una autobiografía.

En una de las imágenes más poderosas del cine, los elefantes pasean por una Nueva York desolada en “12 monos” de Terry Gilliam. Un tigre desciende las escalinatas de un monumento lleno de animales de bronce y un oso ruge ante el grafiti auto inculpatorio: we did it. Hace una década era una fantasía, hoy es el recuerdo de algo que hemos vivido. Una de las grandes cosas de esta película es que ese aparente triunfo de la vida salvaje sobre la civilización nos reconforta. Cuando vimos aquella película en 1995 fue como si ellos -los animales- tuvieran derecho a habitar ese terreno usurpado, el cine, investido con el sagrado manto del arte, pudo contarnos aquello que Nadín explica.

La creación de una obra de arte es siempre  un milagro, un acto de magia, la aparición de una entidad nueva en la realidad física, el advenimiento de un poema visual, la concreción de una obsesión, la declaración de una opinión crítica, la manifestación de un sentimiento, de un dolor, de una angustia, de un delirio, de un sueño, de un trance.

Y sobre esta premisa despliega en las obras de estas dos exposiciones un repertorio que desarrolla esa idea con la que podemos defendernos, con la que podemos negarnos a ese apego al suelo del apocalipsis y a la desesperanza mediante el amor a la historia de la cultura. De alguna forma Nadín habla del derecho a habitar mundos en los que el sueño y el deseo primen sobre determinadas lógicas racionales nefastas. A lo largo de los últimos 25 años su obra ha ido abriendo un registro que se ha ido tornando narrativo al tiempo que aumentaba su compromiso con causas de las que hizo bandera, como la violencia en Colombia, las tragedias migratorias o la crisis climática. Desde series como “La persistencia del deseo” hasta “Éxtasis” hay un océano de ideas en solo un año de tiempo. La cabeza, ese elemento central desde hace mucho en su obra, funciona todo el tiempo porque el esfuerzo de vivir nuestro tiempo es extenuante.

Un documental de Norberto López Amado y Carlos Carcas se pregunta cuánto pesa un edifico de Norman Foster (How Much Does Your Building Weigh, Mr. Foster? 2010) pero el discurso es una biografía del arquitecto más que un desarrollo de tan sugerente título. Tres años después Lara Almarcegui (Zaragoza, 1971) nos contó que el pabellón español de la Biennale de Venecia pesaba 650 toneladas y trazó una maravillosa diagonal que dejó incompleta. Ambas ideas rondan algo que Nadín acaba sintetizando cuando reduce los edificios de infinito peso cultural a fetiches, a suvenires para hacerlos recorrer de nuevo el camino inverso, el que los lleva de objetos de consumo a productos de alta cultura, ungidos por el ya citado sagrado manto del arte. Esa desubicación, ese viaje de las ideas a través del objeto que pasa de la arquitectura a la escultura siempre me ha hecho pensar en la muy distinta forma en que viajan ambos objetos, el suvenir en las maletas del turista y las esculturas en los camiones climatizados. Pero en ambos casos viaja el residuo físico del recuerdo, de la experiencia de la historia de la cultura, fosilizada en edificios que construyen ideas de belleza y de grandeza. Todo queda en suspenso cuando los lobos aúllan alrededor de la Torre de Babel y uno se siente ante la rotundidad de la obra que consigue ser solemne tal vez sin haberlo pretendido.

De alguna manera la lectura subterránea o, creo que mejor, aérea que sobrevuela la producción de estos 25 años últimos es esa pulsión narrativa del testigo que no puede evitar contar su tiempo que no es difícil encontrar en la forma en que Walter Benjamin cuenta el Berlín prebélico o en los seguramente falsos viajes de Marco Polo, como está en la imagen de Franco Battiato cantando con los beduinos en el desierto. El amor insobornable por el conocimiento. El viaje solo es un síntoma más.

En ese punto se hace imposible calcular el peso de la cultura con el que estamos jugando, porque los viajes no tienen un peso calculable. Sí los edificios  pero no cuánto pesa la primera vez que se va a Tikal o a Florencia. La cuestión, como todo lo irresoluble, incomoda y nos despistamos con otra idea, y es el peso de la cultura en la realidad sociopolítica. Queremos creer que es infinito, que el sagrado manto podría con todo, que convencería a todos de que hay un bien mayor en la civilización que se materializa en la conservación de los testimonios del pasado, de los edificios, pero entonces vemos reventar los budas de Baymiyán y las estatuas de Palmira y vemos caer las bombas en la catedral de Odessa y nos damos cuenta de que el peso de la cultura es como el de los viajes, etéreo. Desde esa óptica estaríamos equivocados en nuestra idea de su peso infinito, de su poder para cambiar el mundo pero ¿y si la cultura no fuese un medio sino un fin, y si fuese una forma de habitar el mundo más que un lenguaje o una praxis?

Abrazamos nuestra causa como templarios o muyahidines y navegamos rio arriba, como el salmón, en un mundo groseramente práctico que quema sus bosques y satura de carbono el aire que respira. Lobos negros aúllan flanqueando el Empire State, elefantes pasean junto a una central nuclear. En “La persistencia del deseo” la conciencia ecológica despliega parte de ese compromiso de Nadín que es inseparable de su trabajo y desarrolla su idea partiendo de una cita necesaria aquí: «bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas». Isidore Lucien Ducasse (Conde de Lautréamont). Este recurso a los automatismos surrealistas aquí funciona, en realidad, como contraposiciones entre elementos fálicos, como es fácil entender la Torre de Pisa o los rascacielos, y el elemento salvaje. Nadín cuenta que estas imágenes vienen de la distopía pandémica, cuando en televisión veíamos jabalíes corriendo por las calles de ciudades, lo que convirtió “12 monos” en una profecía cumplida. El viaje celeste y terrestre de las ideas tuvo en aquellos días de encierro un paso por la realidad cotidiana. La paradoja de la inasibilidad de la cultura y su hipotético peso es que aquellos animales que recorrían las calles de ciudades, en manos de Nadín, se convierten en cultura sin saberlo, en objetos que rehúyen la catalogación, que no son esculturas propiamente, tal vez instalaciones, que ponen en una situación complicada la idea de la autoría, que usan medios mecánicos, que son inaprensibles porque las obras de arte deben huir de la caja donde el historiador del arte las clasifica para poder dormir tranquilo, sin que le sobresalte la duda de encontrarse ante un objeto que no pueda catalogar, que se despierte en mitad de la noche ante la pesadilla de poder morir aplastado por el peso de la cultura desbocada, convertida en feroz avalancha.

Nadín pasea por esos acantilados donde la tormenta, sobre el mar, es bella y aterradora, como siempre es la naturaleza sublime cuando se convierte en pretexto para el arte o la literatura, cuando el paisaje se convierte en cultura. Pasea sobre ese finísimo filo que a un lado tiene la profundidad del abismo que somos nosotros. La mirada a la psique está en las cabezas de “Éxtasis”. El trance, el sueño, el deseo son bases desde 1999 para el despliegue de un repertorio de cabezas con las que construye una autobiografía. El hecho de que el modelo de estas piezas sea su hija Mariana abre un camino que se hace complejo y se desdobla cuando se va cargando de contenido y a las bases freudianas se van superponiendo capas que afrontan el colonialismo, sin el cual todo este discurso sería incompleto. De la misma forma que el oro es dios en casi todas las religiones, el azul que habla de la pureza de la virgen en su manto sustenta a Chaac y Kukuxklán. Cuando retoma la idea en 2023 las cabezas son negras en color y etnia y sostienen templos visiblemente góticos. Aquí el ensamblaje surrealista cede paso a una construcción política patente, de alguna manera son un fin de ciclo o el principio de otro.

Y entonces Uróboros. El dragón que se muerde la cola en el centro de la sala en T20. El tiempo circular e infinito. El arte como aventura sin fin, como la promesa de un futuro posible que nazca del pasado, la perfección de la idea en la que muchos hemos crecido.

He encontrado las medidas del penacho de Moctezuma, en el Museo de Etnología de Viena: 116×175. También he localizado una estimación económica, que estaría en torno a los 500 millones de dólares pero a la hora de saber su peso solo he encontrado una lacónica inscripción que dice que pesa “menos de un kilo” y me ha gustado esa idea. Tampoco sabemos lo que pesa el “Moisés” de Miguel Ángel porque es imposible pesarlo pero el resto de cuadros y esculturas no, y sería muy fácil pesarlos con y sin marco. En las fichas de los catálogos de los museos no pone los pesos, nadie se hace esa pregunta pero sí la mucho más grosera de ¿cuánto vale? Tal vez hayamos hecho todo mal o tal vez ese incalculable peso de la cultura sea la esperanza que nos quede. En un mundo colonizado, medio destrozado por nuestro humano transitar, desanimado, la incertidumbre del peso de la cultura es un territorio ignoto, la posibilidad de una isla de preguntas de difícil respuesta a las que los sistemas de computación tal vez no podrían llegar. Tal vez el peso de la cultura sea el sexo de los ángeles y una motivación, el barco de Fitzcarraldo subiendo la montaña. Sería precioso conseguir algo tan absurdo como lograr que todos los museos del mundo pusieran el peso de las obras en las fichas.

Nadín pasea por el acantilado y sobre él descansa todo ese peso, el descomunal del Museo Guggenheim y el levísimo del Penacho de Moctezuma.

NACHO RUIZ