Con el nombre de “Agnus Dei” (cordero de Dios) se conoce una serie de al menos 7 pinturas realizadas por Francisco de Zurbarán en la década de 1630.
La pintura representa a un pequeño cordero atado por sus extremidades en una representación profundamente dramática, que en su simpleza concita sentimientos de tristeza y conmiseración. Como imagen de la víctima inocente, el cordero propiciatorio, el chivo expiatorio, es una imagen de profunda significación que más allá de su retrato naturalista es un símbolo del sacrificio, de la agresión, del abuso y de las tropelías ejercidas contra las víctimas inocentes.
Esta dramática representación y su simbolismo me llevaron a reflexionar sobre la violencia contemporánea y a indagar en la profunda carga de crueldad agresividad e incitación al odio y a la violencia que se inscribe en los libros “sagrados” como la Biblia y la Torá. Elementos que forman parte de nuestra formación cultural y que muchas veces pasamos por alto de manera irreflexiva. Más aún debe tenerse en cuenta como en comunidades religiosas radicales actuales persiste la devoción por estos textos como inspiración y directriz “divina”.
Como ejemplo este pasaje entre muchos:
“Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños, y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos.”
Samuel 15 3
La violencia contra diferentes víctimas; extranjeros, hombres, niños y mujeres signados por su diferencia étnica, religiosa o supuesta transgreción a las “normas”, es una constante en los textos “sagrados”.
“Pero si resultare ser verdad que no se halló virginidad en la joven, entonces la sacarán a la puerta de la casa de su padre, y la apedrearán los hombres de su ciudad, y morirá, por cuanto hizo vileza en Israel fornicando en casa de su padre”
Deuteronomio 22 20 21
Como un hecho muy diciente de la instrumentalización de la religión para justificar y promover la violencia debe referirse la denuncia hecha recientemente por el periodista Jonathan Larsen, dando seguimiento a más de 100 quejas hechas por tropas y comandantes del Ejército norteamericano, según la cual las tropas estadounidenses han recibido órdenes de considerar la guerra contra Irán como parte del “plan de dios” y al presidente Donald Trump como “ungido por Jesús para iluminar la señal de fuego en Irán para provocar el armagedón y marcar su regreso a la Tierra”.
En su libro El chivo expiatorio René Girard expone una serie de reflexiones sobre la maldad, la perversidad y la irracionalidad del uso de la violencia sobre comunidades juzgadas por su diferencia y acusadas de actos, crímenes y perversiones imaginarias con el propósito de encubrir o justificar otras realidades o de eliminar su existencia por considerarla incómoda e inconveniente por factores políticos, religiosos, económicos, culturales e incluso estéticos.
“La víctima es un chivo expiatorio. Todo el mundo entiende perfectamente esta expresión; nadie titubea acerca del sentido que hay que darle. Chivo expiatorio denota simultaneamente la inocencia de la víctima, la polarización colectiva que se produce contra ella y la finalidad colectiva de esta polarización”
Desde los albores de la civilización, la humanidad ha cargado sus culpas, sus miedos y su ira sobre la espalda de un inocente. Esta figura, mítica y simbólica, ha sido inmortalizada en la imagen del cordero propiciatorio, ese ser puro destinado al sacrificio para aplacar la furia de los dioses o restaurar un orden social fragmentado. Pero más allá de la religión y la mitología, este mecanismo de sacrificio se ha encarnado, siglo tras siglo, en prácticas reales: el genocidio, la violencia sistemática y la guerra.
La guerra no es simplemente un conflicto entre Estados o ideologías. Es la forma en que la historia se escribe con sangre, encubriendo las estructuras de poder que deciden quién vive y quién muere. En cada conflicto armado, en cada genocidio, se escoge —con cálculo o con furia— a un pueblo, a un grupo étnico, a una minoría o a una nación entera para asumir el rol del cordero: se les responsabiliza del desorden, del miedo o del fracaso colectivo, y se les extermina en nombre de una supuesta purificación o redención.
En los genocidios modernos —Ruanda, Bosnia, Sudán, el Holocausto, Gaza— se repite el rito ancestral con nuevas máscaras: se demoniza al otro, se fabrica el relato de amenaza existencial, y se justifica la matanza como necesidad defensiva. La violencia se vuelve ritual, funcional al sistema.
En las guerras modernas, el sacrificio del cordero ya no ocurre en altares de piedra, sino con drones, campos de concentración o bombardeos quirúrgicos. Lo que se ofrece a los dioses ya no es la sangre de un animal, sino la vida de miles, etiquetados como prescindibles.
Pero ¿quién elige al cordero? ¿Quién lo prepara para el sacrificio? ¿Y qué sociedad se consuela con su muerte? la guerra y el genocidio no solo son actos de agresión, sino fallas profundas en el pacto social. Muestran el fracaso de la convivencia, la traición de los principios de igualdad y dignidad humana. Al permitir o justificar estos sacrificios, la sociedad se convierte en cómplice silenciosa, necesitada del sacrificio para no enfrentarse a su propio vacío moral.
El cordero propiciatorio, entonces, no redime: denuncia. Su sangre no purifica, sino que evidencia la cobardía de una civilización que prefiere destruir al diferente antes que cuestionar sus propios fundamentos. Su sacrificio es una herida abierta en la conciencia humana, un espejo en el que vemos no a un enemigo derrotado, sino nuestra propia monstruosidad.
Romper este ciclo exige más que reformas políticas: requiere una revolución ética, una crítica radical de los sistemas que perpetúan la violencia como forma de orden. Significa negarse a aceptar la lógica del sacrificio, incluso cuando viene envuelta en las banderas del progreso, la seguridad o la justicia.
El verdadero acto de humanidad no está en aplacar la ira colectiva con sangre ajena, sino en enfrentar esa ira con compasión, diálogo y justicia. Solo así dejaremos de necesitar corderos y empezaremos a construir una paz que no dependa de cadáveres.
El conjunto de piezas de la serie “Expiación” de 2025 – 2026 es una representación de mi sentimiento frente al dolor de las víctimas de la guerra, la violencia, la discriminación y el despojo que transcurre frente a los ojos del mundo, inermes, indiferentes y cómplices y una reflexión sobre las raíces de esas violencias en el cuerpo de la estructura cultural que nos forma, nos abraza y nos coloniza permeando nuestro inconciente con un trasfondo de resentimiento, odio y venganza.
Agnus Dei. 2026
“Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños, y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos.” – Samuel 15 .
Impresión gráfica sobre lienzo
Agnus Dei. 2026.
Laca sobre impresión 3D y terciopelo
Chivo expiatorio. 2026.
Impresión 3D.
Mandala del cordero T. 2026.
Impresión 3D. Impresión Chromalux.
100cm de diámetro x 17cm de profundidad.